Fantasías, realidades y otros sarcasmos

lunes, noviembre 23, 2009

En alta voz: desde la poesía, la narración y la creación

Recital de Sheila Candelario y Hector Torriente





El martes a las 7 PM en Biblioteca Carnegie

Los escritores puertorriqueños Sheila Candelario y Héctor Torriente ofrecerán el recital titulado En alta voz: desde la poesía, la narración y la creación, en la Sala Luis O'Neill de Milán de la Biblioteca Carnegie en San Juan. El mismo se efectuará el martes, 24 de noviembre de 2009, a las 7:00 pm.

Sheila Candelario es autora de Instrucciones para perderse en el desierto. Publicado bajo la editorial colombiana Palabra Viva en el 2004, el mismo reunió su obra poética y narrativa que se encontraba dispersa en revistas y antologías hispanoamericanas. En Puerto Rico, durante la década del 90, fue parte del catálogo de escritores de la revista Taller Literario. En el circuito cultural de Nueva York, Candenlario ha participado en lecturas y encuentros de escritores en salas como El Nuyorrican Poets Café, Bowery Poetry Club & Café, Galería Mixta, Hunter College y Trazarte, entre otras. Esta escritora se ha desempeñado como Catedrática de Literatura Latinoamericana en diversas universidades en los Estados Unidos. Actualmente enseña en la Universidad de Fairfield en Conneticut. En el 2010 se publicará su libro de narrativa corta Geografías Dislocadas.

Por su parte, Héctor Torriente es el pseudónimo que utiliza en los linderos poéticos el catedrático, investigador y profesor de la Escuela de Comunicación Pública de la Universidad de Puerto Rico, Héctor Sepúlveda. Autor de títulos como Bajo asedio (Comunicación y exclusión en los residenciales públicos de San Juan), y Suaves dominaciones (Críticas y utopías de los medios en Puerto Rico), Torriente nos obsequia en su obra más reciente Pichón de mime careto una colección orgánica de cuadernos poéticos. Anda buscándote el amor, Patrios sueños del Vallebuco, Soledumbres y Cronotristezas, son los títulos incluidos.

En alta voz: desde la poesía, la narración y la creación será moderado por el escritor y comunicador Carlos Esteban Cana, fundador del colectivo Taller Literario. El evento será amenizado por el guitarrista clásico Félix Rodríguez y se sortearán libros de autores hispanoamericanos entre los asistentes.

Publicado por Angelo Negrón a las 10:26 PM Copyrights 2005 Derechos Reservados de Autor. Prohibida su reproducción 0 comments links to this post

domingo, noviembre 01, 2009

Ofrenda a una Diosa

— La verdad es que tuve razones para separarlos. Odiaba la forma en que él la tocaba. Saber que también la hacia suya, cuando así lo deseaba, me obsesionó tanto que los celos me cegaron. Pensaba que al librarme de él, sería sólo mía y me equivoqué. Se marchó de mi lado aunque no de mi vida pues su recuerdo aún me persigue. La conocí una noche en que motivado por la curiosidad entré en Internet a “chatear”. Después de haber perdido mi tiempo por varias horas leyendo y escuchando tonterías, leí sus palabras dirigidas a mí. Juro desconocer que fue lo que le motivó a hablarme, tal vez el seudónimo que utilicé o la búsqueda de aventuras, pero de algo estoy seguro: esa noche la pasé divino.

Ella se expresaba como los Ángeles. Tenía tanto de qué platicar y yo quedé sorprendido de lo maravilloso que podía ser conocer a alguien oculto en la cuadrada forma de un monitor, en el sublime antifaz de la distancia. Luego, existieron cientos de noches de charlas divinas y miles de correos electrónicos donde fui conociéndola a tal grado de enamorarme de su alma sin importarme el físico que no conocía. Esperaba esos correos electrónicos que me hacían completamente feliz como se espera el alimento cuando más hambre se tiene.

Llegó el momento en que pude escuchar su melodiosa voz a través del teléfono y también el instante en que pude ver su físico en una foto que me envió por “e-mail”. Fue sensacional, era hermosa en verdad y me obsesioné doblemente. Por eso el día en que la conocí en persona mis ojos no hacían más que querer escaparse en su mirada. Entablamos una amistad más profunda. Cuando la besé tras ella pedírmelo me transporté a una boca deliciosa, a los labios más tentadores que me hayan besado jamás. El deseo transformado en lujuria, después de varias salidas, fue venciendo nuestra timidez. Conocimos nuestros cuerpos desnudos y eso fue celestial. La acaricié como sólo el amor puede hacerlo.

Siempre nos desnudábamos frenéticamente. Su vientre encendido fue mío. Sus pechos se acoplaron a mi boca. Pude palpar el deleite en toda la extensión de su cuerpo. Manosear toda la dimensión de su clítoris hinchado a la espera del embestir de mi lengua haciéndola transportarse al olvido de que existía alguien más que no fuese yo. En toda mi vida de creerme un consumado amante nunca había sentido sensaciones iguales, ni siquiera cuando en mi juventud temprana aquella mujer mayor me hizo esclavo de su ardiente sexo y pensé que me había enseñado el camino a la lujuria.

No fue así. Son tantos los senderos a la carnalidad y el deseo que te das cuenta que el perfecto equipaje para que dos cuerpos desnudos sean felices no es otro que el amor verdadero. Con esta conquista lo descubrí. Y es que la forma en que temblaba mi piel de sólo pensarla me inculcaba cada vez muy adentro la necesidad de poseerla. Mi erección era instantánea de tan sólo sentirla cerca pues parecía tener siglos de experiencia condensados en su boca y en su cuerpo que se movía sobre mí con el ritmo de la pasión creciente, con la calma de quién devora al amante soñador de lascivia.

Aún pienso con vehemencia en mis dedos perdiéndose en sus cabellos, en mi mano dejando de ser mía cuando estaba entretenida en sus pechos y en mi boca extraviada en el promontorio placentero de su bajo vientre. Añoro su espalda curvilínea a la hora de probar la rígida erección de mi ser. ¿No se te hace la boca agua? ¡Piénsalo! Piensa en sus dulces labios llevándote a olvidar todo lo que no sea placer, lujuria y sobretodo amor.

Definitivamente ella es el amor que busqué escondido en años de noches solitarias y amaneceres incompletos. El deseo más oculto de sentir el placer más divino y la innumerable sensación de estar en el cielo constantemente. Por ella se originó la parte más inolvidable de lo que me ha tocado vivir. La felicidad se desborda en todo mi ser.

¡No me mires así! Ya sé que también compartía sus atributos con alguien más. Nunca mintió. Jamás ocultó el hecho de que era casada. Al principio no me importó. ¿Qué podía hacer? Llegué tarde a su vida y no era su culpa. Los celos me consumían cuando no podía estar con ella como deseaba. El tiempo en que lográbamos compartir se limitaba a la sombra de otro y eso me desquiciaba por completo. Así que decidí eliminarlo de nuestro camino. El plan tenía que ser perfecto.

Me dediqué a seguir la rutina en que mi contendiente vivía. No fue fácil. Tropecé con la obligación de verlos caminando tomados de la mano o besándose apasionadamente demasiadas veces y como si yo no existiera. Mi amor por ella me hacía perdonarla, pero a él lo odié como nunca pensé podía llegar a odiar.

En mi persecución pude notar que mi rival tenía una vida perfecta, pero lo que en realidad le envidié a mi antagonista fue el hecho de que cada mañana cuando abría los ojos se encontraba el cuerpo desnudo de mi amada y que cada noche podía hacerle el amor a su antojo. Bajo estos pensamientos que me volvían loco concebí todo y fue más fácil de lo que yo creía.

Me explico: en una de las salidas que tuvimos, mi amada y yo, nos fuimos de compras al centro comercial. Tomé sus llaves sin que se percatase. Me encargué de sacarles copia mientras ella estaba en el probador de damas midiéndose uno de esos trajes que tanto me gustaba quitarle. Y ese día, le arrebaté el que llevaba puesto. Después de hacer el amor hasta en el garaje del motel supe que mi plan funcionaría. Me confesó que al día siguiente estaría en un seminario del trabajo y su esposo la pasaría en casa solo. Ante la certeza de que, tras la desaparición de mi contrincante, no la vería por un tiempo me propuse poseerla ese día las veces necesarias para que me empalagara su sexo, pero no logré abastecerme de ella. Es que es increíblemente apetecible. Mírame, de sólo recordarlo nace en mi una erección.

Ja, ja, ja ¿qué te parece? Bueno... Esa mañana en la que consideré que me libraría de él, esperé a que ella se fuera para su seminario y con la copia de las llaves entré hasta su dormitorio donde lo encontré profundamente dormido. Tomé una de las almohadas y usándola para amortiguar el sonido de esta automática le disparé justo en la cabeza. Su sangre corriendo rápidamente por las sabanas blancas de su cama me hicieron sentir muy bien. Reconocí en ese instante que compraría otra cama donde pasar los próximos años que me quedaban de vida con la viuda de ese hombre al que se le ocurrió amar a la misma mujer que a mí. Sin dejar una sola huella me dediqué a revolcar el aposento y a sustraer todo lo que encontrara de valor para que se entendiera que había sido un robo. Me marché de allí a enterrar las joyas que encontré escondidas en el closet no sin antes forzar la puerta de entrada.

Le di varios días a mi amada para que pasara el duro golpe de perder al inútil de su marido. Me sorprendió sobre manera cuando la llamé varias veces al trabajo y no respondió mis llamados ni los mensajes que deje grabados en su “voice-mail”. Seguí investigando hasta que descubrí por medio de un familiar que ella se había ido de viaje para despejarse por la muerte de su esposo a manos de un asaltante. Conseguí la dirección donde ella se encontraba. Tomé un vuelo que me condujera a sus brazos. ¿Quién mejor que yo para consolarla? Al llegar se mostró claramente sorprendida. Comenzó a llorar cuando le recriminé por haberme dejado solo y no permitirme ayudarle en su momento de dolor. Ella me pidió perdón. Cuando le ofrecí mi pecho para recibir su abrazo se negó diciéndome que había recapacitado y no quería nada conmigo. Dijo que tras la muerte de su esposo se había dado cuenta que lo amaba en verdad y por mí no sentía nada. Que yo había sido sólo una aventura de la que se arrepentía pues la memoria del hombre que amó la perseguía y no volvería a amar a nadie más.

¿Puedes creerlo? Mis ojos estallaron en dolor. Por más que traté de hacerle ver todo el amor que ella sentía por mí, me rechazó en cada intento. Yo moría por dentro. La verdad, aún no sé si aprendí la lección. A veces me da con pensar que si no hubiese apartado a mi competidor, nosotros estuviéramos juntos y ya la hubiese convencido de mudarse conmigo a mi cama, donde la extraño demasiado. De hecho, cada vez que pensando en ella juego conmigo mismo logro la erección, pero nunca puedo terminar de darme satisfacción pues la necesidad de ella en mi lecho es genuina.

Ahora dime la verdad ¿Alguna vez te ha hablado de mí? No creo eso de que no te haya contado lo sensacional que soy en la cama. Ella misma me enseñó. Me mostró el camino del gozo inmenso y sin igual de eyacular basándome en el amor verdadero. ¡No mientas! Si he sido sincero contigo al contarte esta historia es porque lo menos que espero de ti es la respuesta que necesito escuchar. Ella prometió estar sola, que no volvería a enamorarse de nadie más. Disculpa si estoy llorando, ella me convierte en un ser débil. No la he matado porque debo convencerla de regresar conmigo, además, prefiero observarla de lejos que visitarla en el cementerio. ¿Me estas diciendo que sí?¿Qué te habló de mí?¿Qué? ¡Ya te advertí que no me mintieras!

¡Mientes! Estoy seguro. ¿Tienes miedo de que estropee tu cabello con una de estas balas? Escúchame. Así será. Como te dije hace un rato mientras te ataba en esa silla, nadie puede amarla como la amo. Por eso cuando la semana pasada la vi saliendo tan acaramelada contigo del cine me sentí morir. ¿Qué clase de patrañas le has dicho? ¿Cómo pudo olvidarse de que la estoy esperando? ¿Qué le vió a un pendejo como tú? ¡Que se joda! Ya no me importa. ¡Cállate! No supliques más. Nadie te escuchará. Sólo me resta decirte que si estas enamorado de ella lo entiendo. En verdad es una diosa. Pero no te preocupes, no tendrás que celarla como yo, pues ella: o es mía o de nadie...

Y en el aposento de aquella casa abandonada, que servía de altar para el sacrificio ofrecido por un loco enamorado, sonó el disparo que inundó todo. La detonación logró que otro corazón dejara de palpitar. Y sólo porque se atrevió a amar sin medida a una diosa cuando apenas era un simple mortal...

Publicado por Angelo Negrón a las 10:41 AM Copyrights 2005 Derechos Reservados de Autor. Prohibida su reproducción 0 comments links to this post

sábado, octubre 03, 2009

Balanza

Tuve que usar mi imaginación y poseerla en la oscuridad del cuarto. El hilillo de luz proveniente de la ventanilla descompuesta de aquel motel recién remodelado me dejaba ver, de vez en cuando, sus ojos llenos de placer. Sé que disfrutó. Sus gemidos anunciaron, más de una vez, la tempestad en sus adentros. Mis manos palparon su delgado cuerpo y disfrutaron la loca idea de hacerlo con la luz apagada. Su timidez le añadió fantasías a mi erección y descubrí en los sonidos de su placer el aliciente a mi verdadero yo: “Si disfruta; yo disfruto”.

Sus palabras dichas por lo bajo fueron elocuentes, pero no tanto como su intimidad penetrando mis adentros. Es un hombre muy bien dotado. Su lengua me recorrió llevándome a varios viajes sin retorno. Innovaba a cada instante con sus manos en mi intimidad y su lengua sumergida en mi boca. Hurgó en mi piel dibujando siluetas obscenas. Besó mis pechos con el arrebato de un jovenzuelo y aquel chorrillo intermitente de luz resultante de una ventanilla dañada logró que pudiese apreciar las muecas de placer que se desprendían de sus labios carnosos.


No entendí lo de la luz apagada. Tal timidez no es consecuente con sus actos. Su boca no sólo saboreó la roca, también degustó el manantial. Además están; las peripecias que se inventó cuando, buscando más placer, solicitó alguna postura extraña o se movió con frenesí navegando encima de mí. También está el hecho de que ella fue quien comenzó este juego de seducción. Hace un tiempo que nos conocemos y jamás pensé que algo así sucedería entre nosotros. Imaginármela desnuda pasa ahora a ser un buen aliciente. Mis manos recorrieron tanto su piel que podría recrearla en barro con los ojos cerrados. Varias veces pensé encender la luz, pero el miedo a su descontento y a perder esa magia que nos envolvía me detuvo.


Es fuerte y lleno de experiencia. Huele muy bien; su perfume no es una colonia barata y su rostro recién rasurado acarició mis muslos vertiginosamente. No me equivoqué al escogerlo. Estoy convencida de que los hombres como él guardan dentro un potencial inimaginable. Como diamantes sin pulir; a la espera de que llegue alguien como yo que los moldee a pasiones y posiciones. Me vi tentada; casi activo el interruptor de la luz, pero arriesgar tal momento hubiese sido catastrófico para mí. La fogosidad demostrada, aún con la ausencia de luz, aclaró que es erróneo determinar que todos los hombres necesitan lo visual para funcionar bien.


En la oficina la ven como una mojigata. Es por su forma de vestir y lo reservada que es para sus cosas. Deja que se enteren los muchachos. No, mejor no. Son capaces de convertirlo en un chisme y perdería la oportunidad de disfrutarme a esta mujer de nuevo. Eso sí, la próxima vez será con la luz encendida. La convenceré; debe dejar los complejos a un lado. Ella me gusta tal cual es. Bueno, me parece muy delgada para mi gusto, pero ganar libras es tarea fácil. Lo difícil es vencer la timidez. Esa que la impulsa a no querer ser vista desnuda. Total que; desde que comenzó a asediarme en la oficina enfoqué mis ojos a su cuerpo y encontré, escondidos debajo de sus fachas y en su delgadez, algunos buenos atributos. Sus nalgas, sus pechos y su coqueteo sobresalieron singularmente, pero lo que realmente me convenció es esta soledad que sufro gracias a tantos años de casado.


Lleva casado más de diez años; eso no me detuvo. Al contrario fue el principal punto a su favor. Los hombres solteros regularmente piensan exclusivamente en el placer propio, pero los casados están convencidos de querer demostrar y demostrarse que son buenos en lo que ya a su mujer no le apasiona. A menos, claro está, que sean muy fogosos. Como yo. Tanto que lo que me da mi marido no es suficiente y busco silenciosamente, con afán, alguien que me haga sudar como merezco. A cambio le regalo lo mejor de mí. Se lo demostré y sé que no será suficiente. Querrá más y se lo daré. La luz apagada será un requisito al principio. Luego cederé; primero debo acostumbrarme a sus formas.


¿Cuándo será la próxima vez? No deseo mostrarme ansioso, pero debe ser pronto. La miro en su escritorio mientras teclea y no puedo disimular mi aspiración de poseerla nuevamente. Mis compañeros la ignoran; no saben lo que se esconde detrás de esos feos anteojos y de su seriedad evidente. Yo si sé, ayer me devoró entre sabanas gastadas por vivencias ajenas y me devolvió la juventud perdida. Si hasta tuvo el valor de tatuarse alguna vez. En su espalda baja distinguí algunos colores y formas cuando insistí en levantarle la blusa esta mañana. Casi la empujo al sanitario y le hago el amor en horas laborables. Eso estaría muy bien. La compañía pagando por nuestros placeres. Pero huyó de mí prometiendo que sería pronto. Tiene razón; si nos descubren sería patético, sobre todo porque yo sería el hazmerreír de la oficina. Los imagino: ¿Tú con la flaca? ¿Desde cuándo? Mejor dejo las ganas para luego. ¡Qué bien besa!


Velas; compraré velas y las encenderé en diferentes lugares de la habitación. Así la tenue luz cubrirá un poco los defectos. Eso, dentro de par de sesiones; primero hacer lo que mejor hago: fantasear. Le añadiré juegos y sorpresas a esta relación que promete placeres y ganas. Lo dejé perturbado. Si supiera que él a mi también. Esta mañana no accedí a sus reclamos porque no hubiese podido acallar mis gemidos. Imagínate si nos descubrían. ¡Qué vergüenza! ¡Tan seria y tan resbalosa! Mejor pisar sobre seguro. Pienso en lo que hicimos ayer y se trastorna mi sur. La pena se olvida y reconozco que pronto encenderé yo misma la luz. Lo citaré para mañana sábado. Saldré con el pretexto de ir al doctor y volveré curada por un medico brujo. Será nuestra segunda vez; si se comporta de igual o mejor forma entonces me convencerá de que lo de ayer no fue suerte de principiante. Fósforos; si, también debo comprar cerillos para encender las velas.


Debo andarme con cuidado. No debo involucrarme demasiado. Somos casados. Desde ayer no hago más que pensarla. No he podido siquiera completar mis tareas. He tenido que cubrir mis erecciones con el diccionario y casi babeo los expedientes. La invitaré a salir mañana. Diré en casa que asistiré al gimnasio. A ella le encanta cuando lo digo. No me cela hace tanto tiempo. Si me descubre tal vez logre librarme de la soledad o que vuelva a cuidarme como al principio. Estoy harto de una sesión de sexo mediocre una vez al mes y justo antes del periodo menstrual. Esto es distinto. Esta tiene oculta la fogosidad que requiero. Espero que pueda mañana, necesito verla desnuda, mis manos descubrieron que tiene porciones carnosas. Tal vez hasta me enamore de ella. Le añadiré romanticismo al asunto. Compraré velas aromáticas. Después de todo alumbraran más que un hilillo casi imperceptible de luz a través de una ventana descompuesta.


Si decide entrar a la misma habitación que ayer colocaré una toalla en la ventanilla dañada. No quiero que ese rayo de luz dañe mi concentración. Mientras me posee pensaré que es otro y muchos a la misma vez. Odio que tenga que ser así, pero es la condición para disfrutar de verdad. No quiero, ni tengo porqué, fingir mis orgasmos. Deseo, como ayer, vivirlos a plenitud. Me encanta que me hagan sentir mujer.


Le quitaría sus anteojos ahora mismo, bueno, también su ropa. No he de negarlo; nunca me gustó, pero ahora la veo y siento que la amé siempre. Creo que me enamoraré; después de todo, lo que me hizo ayer me conviene seguir viviéndolo. Pobrecita; está tan falta de amor verdadero. ¡Qué mucho me observa! ¡Le gusto de verdad! Le apasiono. ¿Ya estará enamorada de mí? Creo que sí. Nadie, ni siquiera mi esposa; me ha regalado tanto placer. Creo que ya la amo. ¡Sí! Definitivamente la amo. Qué bien voy a pasarla.


¡Míralo! Me come con los ojos. Su rostro es lindo. Es capaz de darme placeres nuevos, pero jamás me enamoraría de él. Nunca me había sucedido esto. A lo que he llegado. ¡Apagar la luz! Esconderme detrás de la timidez. Disfrutar, como supuse, de la sabiduría en la cama que puede mostrarme un hombre al que se le ve a flor de piel que tiene ganas perpetuas. Nunca me equivoco al evaluar a alguien. Me gustan fornidos, pero casi siempre me encuentro con poca inteligencia, poca entrepierna o lo que es peor, poca resistencia. Al menos este cumple con tres de los cuatro requisitos. Es muy inteligente, tiene una bragadura deliciosa y la resistencia de un dios griego. ¿Completará algún día el paquete que busco? Si fuese su esposa lo obligaría a ir al gimnasio a practicar ejercicios por décadas. Tendría entonces lo que busco y dejaría la luz encendida para que no me diese repulsión su sobrepeso…

Publicado por Angelo Negrón a las 9:50 AM Copyrights 2005 Derechos Reservados de Autor. Prohibida su reproducción 1 comments links to this post

sábado, septiembre 12, 2009

Confidencias

Me abrazó apesadumbrada. Las lágrimas que adornaban su rostro escarlata dictaban su reciente experiencia con dolor, rabia y algo de resignación. En ese instante debíamos titular a lo que sucedía con el innegable nombre de celos. Sus labios fruncidos pidieron al amigo que existe en mí, a ese que hacía tres años y medio atrás era su confidente, que le aconsejara.

— Mira lo que encontré en la factura de la tarjeta de crédito — me dijo contrariada.

Tomé la hoja que me extendía y, pintado en amarillo con un marcador, divisé un gasto por doscientos dólares. El mismo había sido facturado por un reconocido antro donde mujeres desnudas vendían placer visual y caricias de alquiler. La miré asombrado y no pude evitar ese pensamiento burlesco de determinar como su esposo había sido tan tonto de dejar un rastro como ese.

— Imagínate: ¡Doscientos dólares en tragos con sus amigos! Esa fue toda su explicación. Me quedé con la duda. Le pregunté a una compañera de trabajo y me cuenta que el lugar es una barra de putas… ¡Dios! No hago más que pensar en que, tal vez, se acostó con alguna. A mi no vuelve a tocarme; siento un asco horrible.

No sé porqué, pero mi primer pensamiento fue defenderlo. Tirarle la toalla. Tal vez por ese sentimiento machista que nos hace a los hombres ser colegas en tales trastadas. Pero, ella me pidió ayuda, me la pidió como su mejor amigo y no debía fallarle…

No mentiré; no fue sólo eso. El verdadero conflicto era que mis intereses hacía ella viajaban más allá de la amistad. Ante los celos que también sentí yo, por su indignación, emprendí un monologo en el que ella era victima, jurado y juez.

La justicia es ciega y yo también. Muy adentro reconocía que el berrinche se le pasaría pronto. Caería redondita otra vez ante el hombre capaz de tomar prestado a una entidad bancaria para ver mujeres sin pantaletas al seis punto noventa y nueve por ciento de interés. Aún así traté de convencerla de lo obvio; su esposo había decidido fallarle en un antro y tenía que pagar las consecuencias. Me agradeció mucho, más que por mi sinceridad y ayuda; por que dije exactamente lo que deseaba escuchar en esa rabia momentánea que la consumía.

Su forma de confiar en mí me abrumó esos días. Descubrí en sus palabras mucha franqueza y sin embargo; manifestaba en su vocablo una gran contradicción a sus actos.

Nunca se lo hice saber, ni ese día ni después, pero yo no entendía y aún no concibo el que haya sido capaz de buscar mi consejo para esta situación, de criticar ardientemente la actuación de su esposo y de agradecer mis palabras.

¿Por qué? Pues; porque lo hizo justo después de hacer el amor, en un motel de tercera, conmigo…

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jueves, agosto 20, 2009

Por ahora

Mi piel acaba de pegarse al espaldar frío de la silla. Luego de un café ojeo los papeles que dejé abandonados hace unas horas cuando el cansancio pudo más que apiñar letras en el intento de añadir algunas paginas a la novela que he tratado sobrepase el capitulo dos. Releo y decido hacer algunos ajustes por aquello de la prohibida cacofonía. Estoy de nuevo tratando de juzgar lo que yo mismo quise que estuviese escrito; tachando y añadiendo. Al beso apasionado le añado miradas furtivas para postergar el placer entre los protagonistas. Complacido, con la lentitud en que dos parecen querer ser uno, enciendo la computadora para hacer los cambios y seguir con la encomienda que le hizo mi insomnio a uno de mis pasatiempos favoritos.

— Cuéntame más sobre esta historia — exigió.

Miro el paquete de cartas que no he abierto en una esquina del escritorio. Las abro con la parsimonia de saber que la computadora no estará lista antes de que termine de ojear facturas. La penúltima carta me sorprende. No es factura o promoción y no la esperaba. Pasan diecisiete segundos en que atónito veo su nombre en el remitente. Pasmado decido posponer mi curiosidad y ver la última carta antes de abrir ese sobre color blanco. American Express no se cansa de enviar cheques en blanco para alimentar mi ego, mi closet y vaciarme los bolsillos. Destruyo los cheques. No caeré más en sus habilidades para vender sueños al trece punto noventa y nueve por ciento de interés. Decido, por fin, abrir el inesperado sobre. Al hacerlo brota de su interior un aroma muy peculiar; perfume delicado. El olor me envuelve. Neuronas que estaban sumergidas en el subconsciente salen y desenvuelvo el papel, esta vez con prisa, descubriendo sus palabras escritas a mano y en tinta azul. Comienza por el clásico: Hola ¿Como estas?
— Sorprendido — pienso yo.

Saboreo la carta sin leerla. Noto que la misma me ha llevado a un hotel en la ruta norte y a una noche en la que, como ahora, estuve despierto hasta altas horas. Cenamos en el comedor del hotel. Steak con camarones ella; chicken Marsala yo. Luego de varios margaritas paseamos por la orilla de la playa. La luna estuvo jugando a las escondidas esa noche pues gustaba de esconderse en cada nube que le servia de confidente. El mar estaba sereno y los tragos hicieron mejor efecto que todas las palabras que nos dijimos en intentos de confirmar deseos que resplandecían a flor de piel. Llegamos a la habitación. Besos, caricias, sexo…

...el papel tiene sus labios pintados. Pienso que ya pocas mujeres tienen este tipo de delicadeza: Perfume y labios pintados en una misiva. Su letra me parece hermosa y recatada; tal cual es ella…

Su pelo corto pegado a la nuca deja ver su cuello. Sus labios se abren para dejar ver una dentadura perfectamente nacarada y unos labios que palidecen sólo ante la mirada de sus perspicaces ojos café. Su sonrisa es atractiva. Mujer capaz de reír a carcajadas cuando de sacar del interior la felicidad se trata...

...El vestido hizo caso omiso de la gravedad a la que lo invité pues resuelve quedarse estancado en sus caderas. Ambos reímos. Ella ordenó al diminuto pedazo de tela que siguiera su camino hasta el suelo so pena de ser destruido por mis ganas. Su sostén liberó pezones de miel. La prenda restante de su ropa interior fue victima de la humedad a la que llegó luego de besos huracanados y llenos de esa pasión que no siempre acompaña al amor, pero que sí está latente en un hombre y una mujer que se conocieron a temprana edad y se desearon casi al mismo tiempo… ¿Amor? Si existió en uno de nosotros, pero…

…miro el sobre nuevamente. Veo la dirección de ella…
...Otis Ave. Tampa, Fl33604

Descubro que estoy huyéndole a sus palabras. Dando muchas vueltas. Una cosa es que recuerde noches en que nos poseímos con delirio y otra que me distraiga con la dirección, los elipses que dibujaron el ponchado del sello o el doblez que tiene el sobre en el que ahora noto que no contenía sólo la carta…

— ¡Tres fotos dentro del sobre! No puede ser. ¡Mírala! Radiante. ¡Se conserva igual de hermosa y ya han pasado!… ¿que? ¿Once años? Sigue sonriendo con el mismo carisma y mira sus ojos, su sonrisa, su cuerpo esbelto y bien formado. Parece que…
...con su lengua recorrió mi cuerpo. Sus manos fueron portadoras de caricias que aún ahora, al recordarlas, me hacen temblar. Me convirtió en acróbata agitado. Caminé por la cuerda floja y no caí hasta que ella así lo quiso, hasta que ella logró lo que buscaba: varios orgasmos que sellaran lo que por mi sentía. Al desplomarme ella estaba allí… Nunca había vivido algo así. Una mujer ávida de consentirme…

Coloco la carta y el sobre en el escritorio. Aún no le doy lectura excepto el hola ¿Cómo estás? Me dirijo a la cocina; una fresa y un vaso de agua son las dos excusas que hacen que retarde el placer de leerla; de seguir viéndola en las fotos. Me percato de la dureza que sufre mi entrepierna por culpa de los recuerdos, de las fotografías y de las palabras que imagino pudiesen estar ahí. Palabras que, tal vez, describirían o me dejarían saber sus deseos carnales y su entrega al amor que compartimos. Palabras como aquellas que escuche de su boca…
...¡Que recuerdos! Aún volaba ella en placeres volcados cuando me ordenó detenerme y tenderme en la cama. Su boca buscó la mía y mis manos rozaron su espalda que sudaba el calor de su fogosidad. Acarició mi cabello. Acercó sus labios a mis oídos dejándome para siempre tatuados en el lóbulo de la oreja aquel comentario y aquella pregunta…
La silla es cómoda. Mi computadora Hewlett-Packard ya está lista para mi trabajo en Word. Lo acceso. Le doy una ojeada…fastidiado de haberme comportado como un niño tomo el sobre y la carta. Debo leerla. ¿A que le temo? Recordar es uno de mis alicientes favoritos y lo que recuerdo de ella es sensacional. Suficientes noches de pasión como para…

— Te llevaré conmigo — comentó mientras usaba sus manos en beneficio del paseo al que tenía previsto transportarme — Pueden ser mis manos o mi boca la que guíe tu ascenso. Tal vez quieras ambas. ¿Qué prefieres? De todas formas haré que agotes tus ansias en mi boca…

No llegué a contestar; no tuve que hacerlo. Su lengua comenzó a recorrerme. Encontró el camino a mi boca. De allí siguió su marcha paulatina y deliciosa hacia su promesa. Lamió mis tetillas y zigzagueó en mi piel dejando huellas de saliva. Tomó mi intimidad entre sus labios y…

Shut down a la computadora. No la usaré. Son las cinco treinta y ocho de la mañana. Esta carta merece ser leída en el patio; bajo algún rayo de luna o ante la llegada del sol. Después de todo tiene sus labios pintados justo al final y el romance es algo que me encanta. Si...suene cursi o no; le daré lectura fuera de estas paredes. Esta misiva debe ser romántica y ser portadora de buenas nuevas. Tal vez sea el comienzo de algún tipo de intercambio: por cartas o por teléfono. No, no debo pensar en ello; la última vez que me vi involucrado en algo así tuve problemas…

…cumplió su promesa. Acarició con su boca la desembocadura de mi existencia hasta que no quedó una sola gota de mis ganas. Complaciente observó mi rostro que levitaba en el mismo lugar que el de ella. Cuando la luna nos vio decidió dejar de esconderse detrás de las nubes y guarecerse del frío en nuestras cuerpos. Hubo días similares luego, pero ese día marcó mi admiración por ella. Aún recuerdo el enajenamiento con el que la observé dormir complacida. Ahora después de…

Tomo el libro “La conspiración” escrito por Dan Brown y le hurto una lamparita de esas que se usan para leer en la oscuridad. Huelo el sobre por onceava vez y con él marco la pagina ciento cincuenta y siete del libro que dejo abandonado otra vez en el suelo. Abro la puerta. Salgo al patio; la negrura aún no abandona al cielo. Me acomodo en una de las sillas. Enciendo la lamparita…
Hola ¿Cómo estas?
Espero que bien. Al menos sé que estas sorprendido por estas letras. Había perdido tu dirección y ¿que crees? La conseguí por fin gracias a que la causalidad puso a una de tus primas en mi camino. Ella me contó que te casaste y tienes familia. No lo sabía, aunque es obvio que me lo suponía. Yo también hice familia. Tengo una niña y sigo casada. He vuelt…

…pasó el tiempo y ella tuvo que elegir entre mudarse con sus padres a Estados Unidos o seguir saliendo con alguien que no le prometía el amor que buscaba. Me contó la travesía que emprendería con la ilusión de que le pidiera quedarse conmigo descrita en sus ojos...

...mi silencio e indiferencia empataron en ese momento con sus ganas de querer olvidarme. Después de lágrimas y abrazos la llevé al aeropuerto y la dejé ir...

...corté toda conversación con ella porque tenía miedo a enamorarme. Ella estaba enamorada según dijo y quería algo serio. Se hubiese quedado — lo sé — si se lo hubiese pedido, pero yo no estaba dispuesto a cambiar mi estilo de vida ni aunque me regalara varias fantasías más…

…y sigo casada. He vuelto a Puerto Rico varias veces y te he buscado, pero te mudaste sin dejar huella así que ha sido infructuosa mi búsqueda; hasta ahora. ¡Nada ha sido más oportuno! No te he olvidado; deseo verte. Precisamente salgo sola para borinquen dentro de una semana y me encantaría que pudiesem…
Apagué la lamparita y le devolví su trabajo como marcador. Capitulo treinta y uno. “El tiempo estaba cambiando” dice Dan Brown en el comienzo del párrafo; tomo el sobre y cierro el libro. Guardo en él las fotos y la carta. No terminaré de leerla. Tal vez esté ahí su número telefónico o el lugar donde estará hospedándose. No más tentaciones por el día de hoy. Mañana no sé, pero hoy descartaré este apetito. Eliminaré las inmensas ganas de darme placer mirando sus labios pintados en el papel, oliendo su perfume, observando sus seductoras fotos y cualquier otro recuerdo que me lleve a cada una de las ocasiones en que me sedujo. ¿Por qué?

…Pues…

…porque hoy quiero enamorarme… Estoy dispuesto a hacerlo… hace meses me di cuenta de mi vida vacía y busco el amor. Si termino de leer su escrito la buscaré y la encontraré dispuesta a regalarme fantasías nuevas...

…¡así es! Debido a esta predisposición hacia el amor tengo que huirle de nuevo. No quiero enamorarme de una mujer casada; no estoy preparado para afrontar un triangulo amoroso nuevamente…

…saco las fotos otra vez. En verdad sigue siendo hermosa. La imagino repitiendo fabulosas y mejoradas peripecias encima de mí… Las coloco encima del escritorio. Guardo el sobre y la carta en el libro falso que tiene llave. Algún día completaré su lectura. Por ahora…

…por ahora me conformaré con soñarla despierto. Tomo sus fotos y…

…veremos si mis manos dándome placer mientras admiro sus fotos son el placebo suficiente para esta calentura que ha logrado en mi el recordarnos…

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jueves, julio 23, 2009

Tacto


Hoy volví a recordarla. Hace ya bastante tiempo que la había escondido en esas neuronas que tratas de ocultar para proteger a tus ojos de diluvios y a tu corazón de palpitaciones extenuantes. El subconsciente ataca de maneras extrañas. La mente es poderosa aliada, pero también puede ser enemiga cruel. El recuerdo vino en una banca. Una de esas que encuentras en los parques; de las que tablas de madera son sujetadas por dos bases de acero…

Nos conocimos en este mismo parque gracias a que la lluvia nos obligó a guarecernos debajo del mismo paraguas; el mío. Ese día atravesamos el parque y nos reíamos cada vez que teníamos que brincar un bache. Llegó el momento en que no encontramos paso, a menos que literalmente nos sumergiéramos hasta los tobillos. Decidimos esperar a que pasara el chubasco y la química fue perfecta. Lo que comenzó como una charla trivial se convirtió en un continuo flirteo. Le siguieron salidas al cine, almuerzos, cenas, la opera, vinos, flores, llamadas telefónicas y nada de besos. Habíamos actuado con la parsimonia de quien nada tiene que perder y la verdad no fue porque yo lo dispuse, sino porque ella me habló de una reciente ruptura y necesitaba tiempo.

Permití que escuchara mis pasos. De esa forma, cuando al colocar mis manos en sus ojos y le preguntase a manera de juego de quien se trataba, sabría que era yo. La noche anterior nuestra conversación giró, y juro que lo hice magistralmente, hacia la entrega, el buen sexo, el amor y terminamos deseándonos como nunca. Tanto que concordamos en que el momento en que seriamos uno había llegado. Para tal encuentro planificamos que la recogería donde siempre; en la banca donde esperamos que bajara el aguacero la primera vez que nos conocimos. Nuestro primer beso debía ser allí y luego buscaríamos una habitación donde amarnos. Simplemente coincidimos en que éramos el uno para el otro.

Nunca olvidaré la fecha: 27 de junio de 1991. Mis manos arroparon sus ojos y no llegué a preguntarle nada. Las aparté al sentir como se me humedecían los dedos. Estaba llorando. Al avanzar a preguntarle que sucedía me abrazó. Fue uno de esos abrazos en que te estrangulan de una forma maravillosa. Aunque no dejó de llorar sentí su calido cuerpo y no pude evitar estremecerme, primero de placer, luego por un hilillo de tristeza. No le pregunté nada. Sabía que ella sería quien decidiría cuando hablar. Presentí que necesitaba algo más que algunas palabras de aliento y que mi presencia podría reconfortarla. Tal vez —pensé en ese momento — volvió esta mañana con su ex y teme decírmelo. Ella seguía llorando y yo comencé a conjeturar tantas versiones de lo que podría ser que llegó el momento en que no soporté más y le pregunté por lo bajo si podía ayudarle. No contestó. Seguía abrazada a mí y me percaté de que se había quedado dormida de tanto llorar.

Al despertar, gracias a varias carcajadas de niños transeúntes, me soltó como si no supiera donde estaba. Volvió a abrazarme. Algunas lágrimas mojaron el bolsillo de mi camisa. La aparte con delicadeza y puse mis manos en sus hombros mientras la miraba fijamente con curiosidad. Dijo lo lamento con los ojos aún llorosos y luego se enjugó las lagrimas con la manga de su chaleco. Esquivó mi mirada y miró hacia los niños que ya jugaban en el sube y baja. Su rostro se volvió de piedra por unos segundos. Como si fuera un síntoma de bipolaridad, su cara fue cambiando. De ser la mujer más sufrida comenzó a sonreír y a ser la misma que conocí. Era histrionismo puro. Algo turbado le seguí la corriente. Admiró la habilidad de un niño al poder cruzar con sus manos por la escalera horizontal, me dijo que le gustaban mis zapatos y que la noche anterior se había acostado temprano con la intención de sentir que amaneció más rápido para así poder verme. Advirtió en mi rostro la interrogante de lo que sucedía y no pudo más que explicarse un poco.


— Lo lamento — dijo sin quebrársele esta vez la voz — Lamento tanto —prosiguió — que me hayas visto llorar. Quiero que estés tranquilo. No eres tú, se trata de mí.

Me explicó que no deseaba hacerme daño. Se estaba enamorando de mí y sabía que lo nuestro podría ser hermoso, pero a la vez reconocía que llevaba muy poco tiempo conociéndome y a la vez que acababa de pasar por una relación tortuosa. No deseaba para nada cerrar cicatrices desquitándolas en otra relación tan pronto. Mientras más hablaba yo menos entendía. La noche anterior nos prometimos el primer beso, ella misma escogió el lugar para el acontecimiento. Y allí estábamos. Le dije que podía esperar. La deseaba pero la deseaba por amor. Podíamos conocernos mejor y formalizar lo nuestro.

Se negó rotundamente. Besó mi mejilla al tiempo en que se ponía de pie y trató de escapar. Le tomé de la mano y la detuve. Esta vez fui yo quien la abracé con desesperación. Me apartó con ternura. Besó mis parpados y me pidió comprensión. Se alejó llevándose mi calma, dejando en mi su perfume y la caricia de tres tiernos besos; uno en la mejilla, otros dos en cada parpado cerrado, como si besara mis ojos deseosos de ser su otra parte. En la vida todo es ritmo. Andamos en la búsqueda de otro corazón que sea capaz de latir al unísono con el nuestro y por eso no me rendí.

Me dediqué a llamarla y fui rompiendo la distancia poco a poco. Por fin, logré volver a verla. Aceptó mi invitación a cenar. Yo mismo prepararía la cena. Es algo que nunca había logrado hacer bien, pero deduje que habría tiempo para burlarnos de mis faenas domésticas. Eso si; me aproveché de su gusto por el violín. Contraté a tres violinistas que interpretaron, en mi casa, sus melodías preferidas. A la luz de velas aromáticas y de una pizza recién ordenada, gracias a que el pollo en salsa de guayaba que preparé parecía más gelatina que otra cosa, volví a la carga con esto de hablar sobre sentimientos compartidos. Ella miró a los violinistas y se acercó a mi oído. Lo rozó con sus labios al decirme, ellos terminaran pronto y se irán; estaremos solos. Sonreí al mismo tiempo que guiñaba un ojo a uno de ellos como seña de que terminaran. Se despidieron con nuestros aplausos y los acompañé afuera para pagarles y acelerar su despedida. Sorpresa mayúscula la que me llevé al entrar. Ella colocó las velas en el suelo. Dibujó con ellas una flecha que apuntaba a mi habitación. Miré hacia arriba en señal de agradecimiento a Dios. Lo hice mi cómplice. Había hablado tanto con Él que era imposible no me hubiese ayudado.

Y me ayudó. Al entrar en mi cuarto ella estaba en una butaca que acostumbro usar para leer. Me dijo, por lo bajo, como quien no quiere ser escuchado por nadie más: ven aquí. Con discreción caminé hacia ella. Disfruté aquellos segundos de sus ojos mirándome con lascivia. Justo antes de llegar ella se levantó y acariciándome el pecho me empujó suavemente hacia la butaca. Me ordenó quedarme sentado y se mudó a mi cama. En ella, se acostó y me dijo:

— Hoy haremos el amor. Tal vez de una forma distinta a lo que esperas. Por eso prométeme que seguirás mis deseos al pie de la letra.

— Claro que si. Lo prometo — casi le interrumpí.

— Entonces — continuó — Si no haces lo que te diga. Me iré de aquí sin mirar atrás siquiera.

Pensé que era parte de sus juegos previos para enarbolar mis sentidos, pero pronto descubrí que hablaba muy en serio. Me pidió que me quedara sentado en la butaca y comenzó por desnudarse. Poco a poco me dejó apreciarla. Se acariciaba el cuello y se mordía los labios provocativamente. Me puse de pie para acercarme y su orden fue clara: quédate sentado. Obedecí mientras divisaba en su espalda, a la altura de los hombros, pecas que me hicieron recordar el espacio sideral. Más al sur me enfoqué en sus nalgas y cuando logró quitarse la última pieza que nos estorbaba me exigió que me desnudara. A la prisa comencé a desabotonarme la camisa. Me miró con desaprobación. Demandó que lo hiciera tal como ella; despacito. La observaba relamerse y tocarse sus senos. Mi erección palpitaba. Justo cuando estuve desnudo, se levantó de la cama y volvió a empujarme a la butaca. Se sentó en el borde de la cama para que estuviésemos más cerca y extendió sus pies hacia ambos lados dejándome plena visión de su verticalidad mientras se acariciaba. Húmeda, perfecta a mis intenciones quería devorarla y se lo informé. Otra negativa de su parte que añadida a sus gemidos hizo aumentar mis ganas de poseernos. Regalándome placer visual comenzó a tocarse también sus pechos en una sincronía tal que mis manos se escaparon hasta la dureza que pujaba por atención entre mis piernas.

— Siiii —
dejó escapar entre gemidos en señal de aprobación.

Los movimientos concéntricos de sus dedos sobre el clítoris hinchado y encargándose de pezones mojados por su propia saliva era magia pura. El espectáculo de mi vida. Se movía en la cama, ocupándose en regalarme diferentes posiciones, pero siempre mirándome a los ojos; como si buscara leerme los pensamientos. Observé dos veces espasmos que avisaban su viaje a derramar los jugos sagrados del placer y antes de su tercera vez me ordenó con voz, esta vez suplicante, que le dejara ver cuanto la deseaba.

— Quiero poseerte — le dije.

— Ya nos poseemos amor — contestó — eso hemos estado haciendo desde que nos conocimos. Nos estamos poseyendo justo ahora. A tacto y sentimiento. Vamos, viaja conmigo — prosiguió — deseo verte viajando a mi lado. Seamos uno. Vamos; que sea fuerte y abundante como lo nuestro.

Abría su boca y acariciaba sus labios. El movimiento de sus dedos en su rasurada oquedad se hizo vertiginoso. Sus palabras, sus gemidos y la visión de verla tocándose lograron romper las barreras que me había impuesto ante la certeza de que llegaría el momento de penetrarla. Gemimos de placer casi al mismo tiempo, yo primero, ella segundos después.

Tuve una de las secciones de amor más eróticas de mi vida y no la toqué y no me tocó. Cuando traté de acercarme siguió en el plan primero:

—Nada de eso amor. Quédate en la butaca, por favor. Sigue disfrutando. Sigue en este viaje.

Seguí con su juego. Concluí que en los caminos del amor, estas experiencias ayudan a mantenerlo vivo. Ya habría tiempo de abrazarnos.

Estaba equivocado. No existió un abrazo, ni siquiera un apasionado beso, ni en ese momento ni después. No la volví a ver. Esa noche nos quedamos dormidos, bueno no, yo me quedé dormido. Ella aprovechó, escribió una nota donde agradecía mi amor, pero debía despedirse. Me exigía que no la buscara. Que era lo mejor para ambos. No me convenció. La busqué. Fue en vano. Esa misma noche tomó un avión y su madre no me quiso decir a donde. Luego de intentos inútiles de sacarle la verdad y de hasta un detective que más bien me robó los pocos ahorros que tenía tuve que resignarme y olvidarla junto a todos los pensamientos que se agolpaban en mi mente en la búsqueda de la verdadera razón para su abandono. Interrogantes que comenzaban en desamor, lesbianismo, bipolaridad, matrimonio y que terminaban en defenderla bajo la certeza de que sus palabras eran ciertas. Ese mensaje en el que hablaba de una relación tortuosa recién acabada y sus ganas de no herirme debía ser real.

…quince años después. Sentado en esta banca que sé no es la misma, pero está en el mismo lugar, lloro su ausencia en mi vida. Aquí donde esperamos aquella vez que la lluvia cesara, aun a sabiendas de que existían otros caminos por donde cruzar el parque sin mojar el interior de nuestros zapatos; la recuerdo. Y es que acabo de enterarme de la razón que tuvo para escapar.

Un detective que contraté hace unos años y al que había olvidado pues trabajaba por comisión, me envió un informe redactado, en ingles, por unos colegas suyos en Pensilvania. El cartapacio contenía todo lo necesario. En el encontré su foto, direcciones donde había residido en once diferentes años y lo que me dio la respuesta al enigma que había dejado ella en mi vida con su partida.

Así es. Encontré una copia de su acta de defunción grapada a otra copia algo borrosa, pero en la que la fecha y el resultado se leen claramente; 27 de junio de 1991: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida: Positivo.

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lunes, junio 01, 2009

Juguetes


Mi niñez fue una pesadilla recurrente. Recuerdo que pocas veces desperté. Fue culpa de mi hermana. Desde que vi sus ojos asustados mi estado comatoso era una mezcla de tranquilizante intravenoso y gritos de niña. El recuerdo es claro; mi hermana caía desde la ventana abierta de un sexto piso luego de discutir por su muñeca preferida. Ella la defendió con ímpetu. Aún así se la arrebaté con facilidad junto con un biberón y un chupete de juguete. Yo deseaba desnudar la muñeca y dibujarle un tatuaje a bolígrafo en su espalda de plástico. Cuando quiso recobrarla, la empujé por la ventana.

Mis padres nunca supieron la verdad o mejor dicho, no quisieron verla. Tampoco volví, como deseaba, a ser el centro de su atención. En todo ese tiempo recorrido hasta aquí he buscado en otras a la hermana que perdí. Al encontrar alguna indicada la persigo. Con cautela y astucia busco de manera limpia y rápida lanzarla por la ventana. Ya hasta soy famoso. Las primeras planas hablan de un asesino en serie, pero me molesta. No lo hablan todo. Supongo que las autoridades policiales no dan la información completa. Nunca han hablado de los regalitos que les dejo. A veces algún chupete, otras algún biberón; siempre algún juguete que firme y testifique que fui yo. Si fuera por mí ya lo hubiese gritado a los cuatro vientos. Me gusta ser importante. Algún día lo haré. Todos sabrán que he sido el que les ha dado a probar la ley de Newton a todas esas hermosas mujeres. Siempre les demuestro cariño y respeto. Al despedirme las abrazo y noto el miedo. Igual al de mi hermana. Ella me quito el amor de mis padres. Por eso las odio. Las mato como se merecen y tal como merezco asesinarlas.

El mundo de los sueños ha demostrado tener gran influencia en mis actos. Navego en ellos cada noche y cuando se acumulan suficientes visiones salgo de casería. No hace falta ninguna fórmula que me lleve de Dr. Jekill a Mr. Hyde o alguna luna llena que haga brotar al depredador que existe en mí. Lo que necesito es simple: su rostro debe ser como el de una niña; como el de la pequeña que extraño a pesar de todo. Añoro su voz, en especial cuando aconsejaba a su muñeca. Le decía que no tuviese miedo a la oscuridad o a las alturas; hablaba más con ella, con la muñeca, que conmigo.

Hace seis meses conocí a alguien especial. Estaba listo para empujarla por la ventana, pero el edificio se quedo sin energía eléctrica. Estuvimos encerrados en el elevador el tiempo suficiente para que su conversación despertara en mí sensaciones completamente nuevas. Su mirada me hipnotizó, su voz susurraba deseo y su conversación me cautivó. No pude causarle miedo, mucho menos, lanzarla por una ventana. Creo que me descuidé en esta temporada. Aún con todo lo precavido que he sido al no dejar huellas dactilares ni nada que los conduzca a mí. Deje mi corazón en las manos de una mujer y mi fama había mermado. Ya no era noticia de primera plana. Bueno; no lo era. De seguro ahora lo seré. Esta mañana desperté y descubrí que los juguetes de mi hermana no habitaban la caja fuerte. La mujer que me conquistó, la que logró que yo cambiara el disfrute de asesinar por el regocijo del sexo, se atrevió a profanar lo más sagrado. Se llevó, no el dinero al que ni siquiera tocó, sino mis secretos y la muñeca preferida de mi hermana. Nuestra muñeca. También era mía y no porque me gustase jugar con muñecas, sino porque fue el juguete que mis padres le regalaron a mi hermana después de haber prometido, sin cumplir, que llegarían con un juguete para mí. Por eso; esa muñeca era mía. Y he salido esta mañana; sin guantes, sin estrategia; a lanzar por la ventana a la profanadora de recuerdos. He llegado a su apartamento; he destrozado su puerta y la he encontrado llorando de miedo. Su rostro asustado me ha excitado más que nunca y el desconcierto me atacó como si estuviese desnudo en un refrigerador...

Ella sujeta la muñeca y el cuaderno marrón. Dice que encontró la caja fuerte abierta. Mis recuerdos son confusos, pero lo que dice es cierto, ha sido mi descuido. La curiosidad la llevó a leer mi diario. Recortes de periódico, también palabras de mi puño y letra que describen fabulosos crímenes perpetrados por mí. La historia de lo que sucedió con mi hermana es sólo el principio. La fantasía que ha sido conocerla a ella está justo en las páginas finales de ese grueso cuaderno.

Mis ojos pasean de su rostro húmedo y espantado a la hermosa e indefensa muñeca. El recuerdo y la costumbre pueden más y la agarro por los hombros. Ella no se resiste, me abraza. Dice que me ama y que perdonará lo que sea con tal de estar conmigo. Dudo y me quedo mirando a la muñeca que reposa en la cama. Veo a mi hermana llorando por ella, a mis padres regañándome porque no quiero compartir mis juguetes. Tomo la muñeca y la guardo en mi mochila mientras mi otra amada se acerca sigilosa. Me da uno de esos besos en que no sabes distinguir si es un hola o un adiós. Estoy convencido de que debo matarla, pero me frena la soledad. La beso y sonreímos. Advierto amor en sus ojos y una carcajada se escapa de mis adentros. Me encuentro completamente feliz, como nunca.

En mi desvarío la veo arrebatarme la muñeca. Amenaza con lanzarla por la ventana. Todo se nubla. Mis dientes chasquen y mi paso es presuroso. Camino hacia la muñeca. No puedo creer que la esté tomando por sus dorados cabellos sin ningún tipo de cuidado. Veo el rostro de la ladrona. Ya no está húmedo. Tiene la parsimonia del secuestrador que se sabe dueño del tiempo y el espacio. Cuando estoy a punto de rescatar la muñeca ella la libera. Trato de alcanzarla y es cuando aprovecha mi desespero y me empuja. Escucho la muñeca rebotar en el pavimento y luego el dolor de estrellarme.

No sé cuánto tiempo pasa, pero ella llega. Deja caer sobre mí el diario con los recortes de periódico. Coloca el chupete y el biberón de juguete en mi bolsillo y el dolor que siento es nada comparado con verla alejarse con mi muñeca en sus manos.

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lunes, mayo 04, 2009

Conversaciones II


...en el mismo bar. Esta vez no hay clientes que yo conozca. Escogí la mesa más lejana de la barra y hablo, como algunas veces, con… mi conciencia…
— Veo, veo…
— ¿Que ves?
— Una cosita…
— ¿Con que letresita?
— Con la letresita O
— Obtener.
— No, esa no es.
— Orgasmo.
— Je, je, je. Esa tampoco.
— Ofrenda.
— Creo que no adivinaras.
— Obsesión.
— Estoy algo obsesionado con la palabra que debes adivinar, pero no, esa no es.
— ¡Me rindo!
— ¿Tan pronto?
— Si, quiero saber.
— La palabra es Olvido…
— Estuve a punto de decirla y la obvie.
— ¡Perdiste!
— Si. Y ¿todavía piensas en olvidar? Mientras tratas de olvidar es porque todavía recuerdas.
— Si, lo sé. Pero, quiero olvidar o al menos no pensarla tanto.
— Ja, ja, ja. Eso mismo dijiste hace mucho y aún sigues recordándola.
— Es que el amor es así… Además, no se olvida de la noche a la mañana lo que has vivido con sinceridad.
— Creo que no se trata de olvidar. Sino de recordar.
— ¿Qué dices?
— ¡De eso mismo! Te la pasas quejándote de querer olvidar algo que fue hermoso.
— Si, pero es que no terminó bien.
— ¡No importa! No terminó bien, porque aún no ha terminado. No al menos de la forma en que lo estas haciendo. Entiéndelo; Mientras quieras seguir olvidándola; ese final sigue de la forma incorrecta. No habrá nada que te aliente. Ninguna respuesta que te de cualquiera, ni tu mismo, será la correcta. Es mas, como te dijo aquella amiga en la universidad: “es que aunque ella regrese y te de mil explicaciones y mil excusas, ninguna será valida porque estas bien dolido.
— Si, es como Shakira: “No solo de pan vive el hombre y menos de excusas vivo yo…”
— ¡Lo ves! ¡comprendes lo que digo! La manera correcta es que la recuerdes. Cada día, cada momento. Sin dolor, con la alegría de haber podido conocerla, de haber podido compartir con ella. Cuando logres esto, será muy fácil dejar de sentir esa amargura, esas depresiones y sobre todo ese obsesivo querer olvidar.
— ¡Si fuese tan fácil!
— No seas pendejo. Si, es muy fácil. ¿Recuerdas a la primera mujer que besaste?
— ¡Claro que si!
— Al principio cuando dejaron de verse ¿Cómo te sentiste?
— ¡Destruido!
— ¿Ah si? Piensa en ella, que recuerdas.
— Recuerdo su nombre: Mariluz, el color de su cabello: Rubio, sus ojos: Café: sus labios: poco pronunciados, su cuerpo: esbelto, su…
— Perdona que te interrumpa en tan descriptivas lista de palabras, pero es que; me refería a como la recuerdas: ¿con amor profundo, con odio y angustia?
— ¡Nada de eso! La recuerdo con mucho cariño. Me enseñó el poder que tiene un beso.
— Por eso. ¡Tu mismo te contestas! Primero mencionaste que quedaste destruido y ahora dices que la recuerdas con cariño.
— ¡!
— Con el tiempo veras que los momentos que vives son mágicos. Y que si los recuerdas como lo que son, ósea, vivencias, serás feliz…
— Esta bien, pero es que ella no es cualquiera. No se trata de una niña, sino de mi alma gemela.
— Lo sé. Acaso te olvidas de con quien estas hablando. Debes creerme; en vidas pasadas hemos tenido esta misma conversación…Entiéndelo de una buena vez: debes recordar lo feliz que has sido y lo demás llegará por añadidura.
— Lo intentaré…
— No, ¡hazlo!
— Lo haré. Ahora será mejor que nos bebamos algo. Te estas obsesionando.
— Ja, ja, ja. Un guardia diciéndole policía a otro…
— Bueno, al menos yo lo acepto. Soy un enamorado-obsesionado que busca olvidar.
— Que buscaba olvidar. Ahora recordaras.
— Brindemos por eso. Recordémosla. ¡Veo, veo!
— ¿Qué ves?
— A ella…
— ¿Cómo la ves?
— Amándome…
— ¿Con que letrecita?
— Con el abecedario completo…
— ¡Espera un momento! Eso no rima…
— ¿Qué no? Tendrías que vernos; somos dos rimas libres en el poema de la vida…

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viernes, abril 17, 2009

EN LAS LETRAS, DESDE PUERTO RICO

por Carlos Esteban Cana

El panorama literario en Puerto Rico recibirá
durante el 2009 la colección Docenas de hornero,
empresa que reúne, por primera vez,
la vasta obra cuentística de Antonio Aguado Charneco,
bajo el sello editorial Biblioteca d Taller.

A continuación, ofrecemos a los lectores de Confesiones
un adelanto. Se trata del cuento Nieblinero,
incluído en el tomo Soseiva Sotaler en los umbrales umbríos.




NIEBLINERO


Amaneció con barruntos de mal tiempo. Las nubes oscuras se movían bajitas, ocultando los topes de las montañas circundantes; la niebla emanaba y era capturada en las ramazones de árboles y arbustos. Nubes y niebla se unieron para componer la neblina que desdibujaba los contornos familiares: la choza y el establo, la letrina y el galpón de los aperos.

La mujer se acarició el vientre, henchido de vida, mientras vertía el agua caliente sobre un colador con harina de café; el agua borboteó en su monólogo y el café dialogó en sus emanaciones aromáticas. Ella llenó dos tacitas hechas de coco, respiró el olor y rió con satisfacción; la vida le era grata por acá, en el campo, con un tornar a la naturaleza y las cosas sencillas, lejos de la turbulenta ciudad. Con la pensión de veterano incapacitado, de su marido, suplementando lo que sembraban y criaban, vivían bastante bien.

Cuando cuchareó el azúcar moscabada se dio cuenta que la misma se estaba terminando; llevó los coquitos humeantes hacia las hamacas, colgadas cómo signos de paréntesis caídos, bajo los centenarios árboles de pomarrosa que sombreaban la plataforma de tablones en el patio. Al verla aproximarse el hombre reclinado se movió para quedar sentado, con una pierna a cada lado de su hamaca. Él le sonrió al exclamar: --¡Gracias cariñito!-- al aspirar añadió: --Umm, qué rico cuelas.

--¿Nada más que eso hago rico?--
con soslayo de ojos preguntó ella.
--Maliciioosa.-- con un guiño ripostó él.
--Ya hay que comprar par de cosas, las galletas de soda se acabaron y el azúcar casi. Si quieres yo voy al colmado en lo que tú volteas la finquita, a ver si consigues unos racímos de plátanos y guineos.-- comentó ella mientras sorbía.

--Bien. Trae salchichón, para hacer una tortilla, que ya averigüé dónde una de las guineas tiene nido.-- manifestó él entre trago y trago. Unos ruidos, cómo de rebuznos, emergió desde las conejeras. Las dos miradas giraron en la dirección de los sonidos y una tristeza ensombreció los rostros. Un niñito, de algunos tres años, alimentaba con yerbas a los conejos; sus ojos, de un verde maravilloso, buscaron a las personas y en la agraciada faz del infante la boca se trocó en risas. Volvió a escucharse el rebuznar, de tétrica resonancia, seguido por palabras initeligibles... y todo ello provenía desde el niño.
La mujer echó a caminar hacia la casa; en tanto se alejaba comentaba:

--Me voy para la tienda, llévate tú al nene.
Mudamente el hombre asintió con movimiento de cabeza, su vista fija en la criatura eñagotada en el suelo, y por lo bajo dijo: --Mi pobre Angelito.

Con dedos desfigurados, que se adherían a los muñones a la altura de los codos, el niño echaba yerbajos por las ranuras en las jaulas mientras las grotescas carcajadas se sucedían en tono cada vez más alto. El padre pensó: “Los médicos dicen que en la barriga de la madre hay una nena y que todo luce normal... hasta ahora... pero claro el cuerpo es una cosa y la mente otra; el retardo mental no se puede determinar todavía. Maldito agente naranja”.

El hombre salió del abrazo de la jamaca; se encaminó hacia el establo. Cuando ensilló la yegua le puso dos banastas; una serviría para transportar al niño y la otra para acarrear los productos de la campiña. Acomodó al crío, y luego se terció el machete en el cinto; trás colocar una reata en el pomo de la silla, trepó sobre la jaca, y se lanzó a recorrer el trillo que se adentraba por la espesura.

Un trueno ronroneó en la distancia... El estacato del pájaro carpintero horadó el nieblinero, lúgubremente apagado por la bruma. Por algúno de los vericuetos de su mente resurgió Vietnam... A veces... algunas cosas le hacían recordar la vorágine aquella. Por eso vivía menos preocupado alejado de los grandes centros urbanos; ellos estaban poblados de ruidos intranquilizantes, como las contra explosiones en los autos, los intercambios de plomazos por los policías y las gangas, o entre ellas.

Por acá, a veces, el bosque le recordaba las junglas del sureste asiático pero los trinos de las aves pronto le decían que no; le indicaban que esto no era lo mismo ya que los pájaros de allá eran silentes, la guerra les había asustado el cantar, les había espantado el regocijo.

Un refucilo enceguecedor alumbró su miedo, un atronador ruido cómo de cañonazo causó que él se tirara al suelo. Reptó el hombre por el fango. El agua comenzó a caer. Luego, mientras él proseguía arrastrándose, empezó el diluvio; el terreno saturado se encenagó con rapidez y el barro lo embadurnó del todo: boca, nariz, orejas... los ojos.

En su entorno los celajes de luz y las detonaciones se sucedían; ellos no permitieron que el veterano en el suelo viera y escuchara el aercamiento de una silueta hasta que la misma se le encimó; hurgó él por el hojarasca enfangada en busca del arma de fuego, que creyó tener, al no encontrarla empuñó el machete; encauzó el tajo hacia la difusa aproximación; sintió el metal morder carne; se alegró al evidenciar que la testa del vietcong caía desprendida del torso.

Tan súbito como empezó el aguacero fue su escampar. Cesaron los relámpagos y truenos; sólo quedó la peste de aire quemado, que los árboles fusilados por los rayos, esparcían en la floresta. Tembloroso, con el machete ensangrentado por delante, el hombre se acercó a la figura caída. Sus pupilas se espejaron en los ojos desorbitados de... la cercenada cabeza de su mujer.

El alarido que emanó de todos los poros del hombre atemorizó a las aves del bosque tanto que... las silenció. El veterano permaneció enraizado en el cieno, con la mirada fija en la figura postrada; el metal sangrante se resbaló de su mano y el presente volvió a obliterar al pasado.

Tambaleantes fueron los pies que regresaron a la cabalgadura. Ante las carcajadas estruendosas del infante las manos destrabaron el cáñamo enroscado en el pomo; mientras los pasos se encaminaron hacia un roble los dedos iban haciendo un nudo corredizo y el hombre murmuraba lo mismo:

--Maldita sea Vietnam... me cago en la madre de mister Nixon... me cago en Vietnam... maldito sea mister Nixon...

El veterano encaramó hasta alta rama y en tanto se ajustaba la corbata de soga escuchaba la voz de alguien que, con tonos sarcásticos, le susurraba:
--El agente naranja hace milagros y la nena nacerá con dos cabezas, para donarle una a la madre.
--¡Cállate cabrón!-- tras el salto al vacío el hombre añadió: --¡Nixon hijoeputa!-- el tensar de la cuerda amputó otra exclamación: --¡Maldi...
Sólo se escuchaban las risotadas del niño, y lo único que se olía era el aire quemado por las centellas... con su hedor de averno.



Antonio Aguado Charneco***
Nació en Arecibo, tierras del Cacique Jamaica Aracibo, señor de las márgenes de Abacoa. Es narrador efectivo en la traslación del lector al mundo primordial, manejador del vocablo taíno y guerrero experimentado en las lides de construir episodios del mundo original de nuestros antepasados, como les llamaba Corretjer. Sobresalen en su obra con fuerza y realismo mágico las novelas Bajarí Baracutey: el taíno de la cueva (1993), mención honorífica en el certamen del Ateneo; Anacahuita: Florespinas (2006, EDUPR), primer premio en los Juegos Florales de San Germán. Así como Ouroboros: seis cuentos galardonados (1985), premiado por la UNESCO y Sendero umbrío –cuentos- (1997). Entre sus obras inéditas destacan las novelas Guarocuya (3ra de la saga indigenista); Mediomundo (en torno a unos inmigrantes de Islas Canarias); LuzAzul (de temática erótica) y las colecciones de cuentos: Narcocuentos; Al sur del ombligo; Flores de muerte (relatos de Méjico); Cuentos con Zeta; Hálitos del Averno (antología) y Soseiva Sotaler en los Umbrales Umbríos. También tiene varios libros de ensayos.

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sábado, abril 04, 2009

Conversaciones I


Reunidos en un bar de la calle Luna en San Juan comencé una ronda de preguntas:

— Oigan —Les dije— ¿Que le dirían a una mujer para recobrarla?
— Eso depende — contestó Miguel de Cervantes — pero yo le diría: Vuelve aquí, debes ser mi Dulcinea…
— Pero, eso no es un pedido; es una exigencia— lo encaré— Necesito mil palabras que le hagan ver que la necesito conmigo por las buenas.
— “Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo”— dijo.
— ¡Ay Miguelito! Que cierto es eso. Sólo tengo una pregunta: ¿Cómo reconozco el momento indicado? ¿Cuándo es: “justo a tiempo”?
— ¡Pues bien! Tu pregunta es valida. Sólo puedo contestar que te darás cuenta después de que hayas dicho muchas a destiempo, luego de que hayan dolido y sea tarde o bien cuando al decirlas recibas lo que esperas…Solamente tu sabrás…adelante; habla…
— Está bien…Diré una palabra... debe ser apropiada… a ver… ¡Ya sé!… La amo.
— Esas son dos palabras…— ¡Cierto! Diré entonces el sinónimo a esas dos palabras, diré su nombre. Sería una sola palabra. Acércate te lo diré en voz baja…
— ¿Y porque tanto secreteo?
— Confió en ti, pero no así en los demás. En este bar hay muchos poetas y estoy seguro que saldrían de inmediato a tratar de enamorarla. Tú no, Mira que tu mejor obra es de caballería…tu mejor obra es de caballería…
—Está bien, dímelo al oído…
...
— …Cierto, esa es una sola palabra, pero déjame decirte que su significado es derivado de un nombre hebreo y de la palabra antorcha. ¿Qué opinas?
— Te creo, ella fue y ha sido antorcha en mi vida. Alumbró mis noches despiertas y sigue, a pesar de todo, siendo lumbre en esta oscuridad de soledades…Sabe hacer, mas que el amor: amor y eso hemos sido, dos enamorados que pueden juntos derrumbar mil pesares, pero que separados nos hacemos débiles…Ella es la parte feliz de mi vida y la que corona mis sueños de hombre, ella es…es todo.
— Je, je, je. Tú estas enamorado…
— Ja, ja, ja Nada más cierto…— Entonces, ¿Lucharías contra molinos?
— Si ella así lo quiere, y me necesita, allí estaré...
— Cantinero, ¡otra copa!… ( No debió decirme su nombre. Sé donde ella vive. Olvido que Don Quijote es una novela de caballería, pero también lo es de amor).
— Debo irme de inmediato…había olvidado que hoy llega el cheque de las regalías de Don quijote”.
— Está bien, gracias por los consejos…
— Hasta luego.— Hey…Miguel. Olvidaste algo.
— ¿Que cosa?
— Tú en estos momentos eres producto de mi imaginación. Sé lo que piensas. No importa. Puedes ir donde ella en este instante. Te darás cuenta que me ama…
— Sólo quiero intentarlo. Llevo demasiado tiempo solo y si tú no sabes aún como hablarle ese es tu problema.
— No, no es mío, es de ambos. Ella y yo lo lograremos y si no; lo que hemos vivido juntos es superior a todas las hazañas de tus personajes…Además; si te enamoras de ella te veré de regreso muy pronto en este bar; para beber y tratar de olvidar.
— Conozco lo que al alma le conviene, sé lo mejor, y a lo peor me atengo.
— ¡Vamos! No hice más que hablarte de ella y decirte su nombre y mira como estas. Imagínate si logras mirarla a los ojos. Además, ella me prefiere a mí.
— Es de vidrio la mujer, pero no se ha de probar, si se puede romper porque todo podría ser.
— Lo sé. Pero, míranos; nos amamos con todo el ser y aún así: llevamos extrañándonos sesenta y cinco días. Todavía no encontramos las palabras correctas para unirnos de nuevo. Tal como me pasó a mi te llenara el rostro de de pena.
— Mas vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón.
— Esta bien…Inténtalo…se feliz intentándolo. Sé que no lo lograras, pero es mejor que lo intentes.
— Es tan ligera la lengua como el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua…
— Si, es cierto, pero también dijiste alguna vez “Si da el cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”. Y créeme, en este caso tú serás el cántaro…
— Brindo porque no sea así…
Levanté mi copa y le di la espalda. Seguí sumido en mis pensamientos. Dos horas después regresó Miguel de Cervantes, no tan solo con la pena en el rostro, sino también con la mancha en el corazón. La había visto de lejos, su hermosura lo cegó. Cuando se acercó a ella la vio observando una foto y al tratar de hablarle sólo recibió la pregunta de si sabía de qué forma recobrarme. Me puse de pie y lo abrasé agradeciéndole la buena noticia. Me acerqué a un espejo continuo a la barra, busque peinarme un poco dispuesto a salir en la búsqueda de mi amada. Antes de hacerlo vi a Miguel, comenzaba a embriagarse y escribía en una servilleta mientras recitaba:
— En un lugar de la mancha, de cuyo nombre si quiero acordarme…

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sábado, marzo 14, 2009

Gotas


El agua se desparramaba. Visitaba cada redondez de su cuerpo. Danzaba sin detenerse entre millones de poros, como lo haría yo, al disfrutar tan exquisito recorrido de caricias. Su piel se transformaba en luces de sentidos y sus pechos, como dos versos que adornan el más hermoso poema de amor, renacían erectos ante el contacto de mis ojos.

Antes de verla bañarse nos poseímos con frenesí de amantes. Lo que comenzó con tenues besos y varias miradas siguió con desvestirnos. Al quitarnos la ropa nos convertimos en necesarios uno del otro. Acoplando nuestros sexos; tocándonos por dentro y saboreando intimidades y secretos; nuestras almas fueron una.

Las gotas siguen rodando. Ante la luz brillan como la escarcha y ella pretende secarlas con una toalla sin darse cuenta de que mi mirada esta concentrada en cada una de ellas y en lo que son capaz de hacer. Parecerá tonto, tal vez así sea para algunos que no aprovechan el tiempo real del verdadero amor, pero yo, que la amo, tengo la creencia de que si me asomo lo suficiente a las gotas de agua que recorren la piel de quién amo podré ver en ellas algo más de su alma. Parecerá imposible, sobre todo cuando reconozco que verla serena justo después de haber explotado de pasión es el regalo de su infinita alma que se columpia conmigo.

En cada gota, veo su alma brillante; libre de oscuridades. Perfecta ante lo imperfecto. Secretos almacenados en poros eternos. Fragmentos de su mente y de su corazón que se niegan a comprender que me aman como yo la amo; con desesperación, vehemencia; con todo el ser…

La veo desnuda y mojada; las gotas son de plata, fuego y sueños. Las gotas me ordenan que sea yo el esclavo de sus fantasías…

La toalla; ¡Un pedazo de tela se encargó de destruir mi contacto astral con su alma! No, esperen. No son las gotas el único medio de comunicación; también están sus ojos. En ellos también he visto agua. Gotas derramadas debido a la incomprensión del dios destino. Pero sus ojos son sabios; en ellos me veo; amándola y siendo correspondido…No importa lo que suceda; cada parte de su ser me recuerda que la amo y que no existe nada más importante.

El universo se recrea: Afuera esta lloviendo; adentro las gotas siguen inundando cada pulsación y cada neurona. Repito su nombre una y otra vez mientras me muerdo los labios al recordar la pasión con la que acaba de amarme y la senda escogida por las gotas en el descenso desde su cabello hasta sus pies; mi lengua envidia el sendero y mis manos están dispuestas a seguir el mapa trazado que no olvidan ante la certeza de transitarlo nuevamente lo antes posible, lo antes necesitado…

Afuera sigue lloviznando, adentro; adentro es una tormenta que no concluye…

Publicado por Angelo Negrón a las 3:16 PM Copyrights 2005 Derechos Reservados de Autor. Prohibida su reproducción 0 comments links to this post

domingo, febrero 01, 2009

Siete días



Al principio ella estaba sola. La tierra estaba desierta. Las tinieblas cubrían los abismos mientras con amor volaba solitaria por el lugar. Luego, mientras dormía, soñó que me mostraba sus ojos y se hizo la luz. Percibió que el amor que sentía debía ser compartido con alguien más. Como deseaba poseerme decidió crear la noche. Vio que la luz era magnifica. La separó de la noche. Llegó el atardecer y luego amaneció y apareció el día primero.

Descubrió que debía construir un firmamento en medio de las aguas que separara la lluvia del río o del mar. Le llamó cielo. Recordó que en su sueño me escucharía decirle “mi cielo” en tantas veces como mi voz lo permitiera. Y así sucedió: Atardeció, amaneció y apareció el día segundo.

— Júntense las aguas en un sólo lugar y aparezca el suelo seco pues pienso habitarlo del hombre que soñé y que ya amo sin siquiera haberlo visto en carne y hueso — ella ordenó.

Y se hizo el mar. Luego al suelo seco lo llamó tierra. Y vio que todo era como ella deseaba. Recordó que ella también sería tierra y recibiría alguna vez la semilla de aquel hombre. Decidió igualar al planeta dándole árboles frutales y pastos silvestres. Y todo le iba de las mil maravillas. Y amaneció, atardeció el día tercero.

Entonces al ver que aún no llegaba el hombre de su sueño comenzó a llorar. De sus ojos brotaron lágrimas que se convirtieron en estrellas con las que adornó el firmamento. Al ver que se veían lindas decidió crear, otras dos; una grande y una chica. El sol le llamó a la que demostraba el calor de su pasión y luna a la que manifestaba el sentimiento de su alma. Ordenó que ambas estrellas vivieran en una simbiosis perfecta donde una necesitara de la otra. Y así fue; la piel sentía lujuria y más ardía cuando existía amor. El alma se volvía más sentimental cuando sentía pasión y lujuria. Y atardeció y amaneció el día cuarto.

Meditó cual era la razón, si alguna, por la que no se cumpliera su sueño aún. Notó que todo estaba en silencio. Dictaminó que se llenaran las aguas de movimiento y en ellas vivieran los seres marinos. Se entretuvo en especial con los delfines que le encantaron al sólo mirarlos. Jugaba con ellos en el mar cuando miró al cielo y decretó que nacieran aves. Les ordenó multiplicarse y vio que todo era bueno. Y atardeció y amaneció el día quinto.

En el día quinto creó a los animales que poblaron rápidamente la tierra. Sintió algo de soledad pues reconocía que cada especie tenía su pareja. Deseó en ese momento que su sueño se hiciese realidad. Tomó barro de su propio ser y lo moldeó a su estilo…

A su estilo y a sus ganas me creó. Sobre mi rostro sopló aliento de vida y mis labios tuvieron color. Mis ojos se abrieron. Descubrí en ese instante que, durante mi estadía en el barro, había estado soñando con ella todo el tiempo. La impresión fue tanta que me desmayé. Al despertar, noté que sus lindos ojos me observaban y que mi cabeza estaba recostada en su regazo.

— Eres el dueño absoluto de todo mi ser; mi amor te pertenece — dijo y su voz se inscribió en mi alma.

La pasión me invadió. Traté de besarla y mis labios se perdieron en la eternidad de su forma fantasmal. Ella era el espíritu de la tierra y yo un mortal creado en circunstancias de amor verdadero. Tan grande que para que pudiese habitar la tierra me creó de carne y hueso; en libertad. Así estuvimos durante toda la mañana. La amé como a nadie, conociendo cada parte de su corazón, cada lugar de su mente paraíso. Y llegó el sexto día.

Esa noche, mientras dormía sobre hojas secas, tuve un sueño extraño. Soñé que el sol me amaba y la luna me poseía. Desperté llorando. Al final del sueño ambos, sol y luna, se juntaban en un eclipse y aparecía ella más hermosa que nunca. Al verme llorar, porque no podía consumarse nuestro amor, sonrió. Me dijo que crearía a alguna de mi especie para que yo fuese feliz. No entendía lo que me quería decir así que le pregunté. Con su dedo me hizo una señal para que guardara silencio y tomó barro; lo moldeó en la forma de una mujer idéntica a ella. La detuve justo antes de que soplara sobre el barro para preguntarle que sería de ella misma. Cuando me explicó que vagaría por el mundo me negué rotundamente.

— Yo nací para estar contigo siempre. Para eso me creaste y por lo mismo estoy aquí — le dije sonriendo y con feliz determinación.

Terminé mi explicación con un “te amo”. Mis palabras la conmovieron a tal grado que decidió pensar en otra forma de compartir su amor conmigo. Reía a carcajadas cuando se acercó a mí, me dijo que estaba segura de poder estar conmigo en cuerpo y alma. Sólo necesitaba un pequeño sacrificio de mi parte. Le dije que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Me miró con el amor sublime que le caracterizaba. Me sacó una costilla; la más cercana al corazón. Observé como ella fue tomando forma humana hasta reunirse conmigo. Nuestro primer beso fue sensacional. En el estaban todas nuestras ansias juntas. Todo el amor existente en el universo entero. Beso tras beso nos abrigó el deseo. Estábamos debajo del árbol prohibido y aprovechamos sus frutos. Comimos manzanas y quedamos desnudos en el acto. Nos hicimos el amor de forma pura y sin igual. Compartimos nuestros cuerpos. Nuestras almas fueron una.

Y llegó el día séptimo. Decidimos descansar, pero nos dominaron las ganas de amar y decidimos compartirnos siempre que deseáramos. Ese día todo lo que mi amada había creado dictaba hermosura. Una serpiente se acercó a hablarnos de las manzanas del árbol prohibido y al notar que ya las habíamos consumido todas se fue rabeando. Al verla de tan mal humor nos prometimos conservar la alegría y heredarla a nuestros hijos; enseñándoles que no debían matarse entre sí.


— Han sido los siete días que siempre soñé — me dijo — Te amaré por siempre. Más allá de esta semana; hasta el fin del universo. Viviremos y reinaremos por los siglos y los siglos, amen

— Amen — repetí yo. La estreché entre mis brazos, la besé y la amé más aún al reconocerme como su alma gemela. Supe casi todo de ella en ese instante. Sólo existió algo que desconocía y que asimilaría luego: la había amado una milésima de lo que llegaría a amarla...

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Nombre: Angelo Negrón
Lugar: Puerto Rico

(New Jersey: Junio 15 1969 a Enero 1970 - Puerto Rico: enero 1970 al presente). Definitivamente puertorriqueño. Sus cuentos han sido publicados en la revista y colectivo Taller Literario. Tiene varios libros inéditos; cada uno de 20 relatos a los que le ha dado por titulo: Montaña Recuerdo, Entre el edén y la escoria, Sueños mojados, Confesiones y Varias EsTAmPAS.

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